A pesar de las continuas advertencias que podemos encontrar
en textos de desarrollo empresarial sobre la diferencia entre información y
conocimiento, no dejamos de estar cada vez más infoxicados (intoxicados por
exceso de información).
La información estructurada es una condición necesaria para
alcanzar el conocimiento, pero no suficiente puesto que también es necesaria la
experiencia. No tiene sentido abarcar información que es prácticamente
imposible que se convierta en conocimiento porque nunca vamos a tener la
oportunidad de llevarla a cabo. Desde el punto de vista personal puede tener
interés debido a que “aprender” es una fuente de satisfacción humana, pero
desde el punto de vista organizacional, el interés es prácticamente nulo.
También se podría decir de otra manera: “agua que no has de
beber, déjala correr”.
¿Qué sentido tienen los planes de formación empresarial
donde agotados trabajadores y directivos acuden a largos o intensivos cursos,
normalmente subvencionados por fondos públicos, para aprender conceptos que
nunca pondrán en práctica?
¿No sería mejor llamar planes de información a los planes de
formación cuya repercusión en la tarea o desempeño del empleado o directivo no
está garantizada, y dejar la palabra formación cuando los conceptos aprendidos
sean aplicados en el propio puesto de trabajo, con la supervisión adecuada,
completando de esta manera la información teórica con la práctica real en la
empresa (la práctica simulada en aula, por mucho nombre en inglés que se le
ponga, no es más que una derivación de la enseñanza teórica).