Tengo la convicción de que en los desarrollos de la evaluación de riesgos laborales realizados por los servicios de prevención, tanto ajenos como propios, los riesgos psicosociales se marginan para dar relevancia a los riesgos derivados de la inseguridad en el trabajo y de la higiene y salud física de los trabajadores.
Está comprobado que no
poner a los riesgos psicosociales a la misma altura que los comentados en el
párrafo anterior se paga con:
Mayor Accidentabilidad: El incremento de la accidentabilidad se produce como consecuencia del despiste y falta de atención que suelen tener las personas con riesgos psicosociales. Riesgos que solo se detectan con la evaluación apropiada de riesgos psicosociales, por la imprevisibilidad y variabilidad del comportamiento de esas personas.
Mayor Absentismo: Una persona con
riesgos psicosociales no detectados y corregidos tenderá a faltar al trabajo con
mayor frecuencia y durante su
permanencia en el trabajo su conducta será ausentista, que es un tipo de absentismo no incluido en las
estadísticas nacionales.
Menor Productividad: La productividad
disminuye no solo por el menor rendimiento del empleado con riesgos
psicosociales, que intentará camuflar como sea, a veces con graves errores, sino
sobre todo por el pésimo clima laboral que genera en el resto de compañeros de
la organización. El mal clima se contagia con mucha rapidez.
Sin querer profundizar mucho, decir que existen dos
tipos de riesgos psicosociales, en función de su procedencia:
Laborales y profesionales: de fácil
detección y corrección mediante la aplicación de las técnicas habituales en la
Gestión de Personas: Encuestas específicas, Liderazgo, Evaluación del Desempeño,
Comunicación, etc.
Personales y familiares: de más
complicada y delicada detección y, sobre todo, corrección. Su solución no suele
estar al alcance de la empresa, pero una actitud empática y asertiva ante el
empleado con este tipo de riesgos, puede producir efectos muy
positivos.